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LLUVIA URBANA

SEPTIEMBRE 2009, UNO
Día uno ya, y llueve. Mis pasos se encaminan
a la calle, trotando ese camino que conocen
a ciegas. Llueve. El asfalto mojado olvida el sol
de ayer, como si nunca nos hubiera alumbrado
y todo toma aspecto metálico, gris. Llueve.
En Arenal los Tilos replican y duplican el
agua que nos cae, la Ría deja expuesta su
entraña y se traga la fiesta apenas acabada.
Sinuosa, expectante con barquito en su centro
refleja arquitecturas y agua, prima hermana
del agua que trasciende y transforma para
luego caer en la tentación de campanarios,
elevados altares, tragaluz, ¡no la tragues!
¡regurgítala fuera!, despacha luminarias
porque hoy, llueve, y antes de que creamos
que la luz no existió, guardaremos luciérnagas,
crujientes fosforitos agriados en bolsillos.
Llueve  y me atraviesa el agua cuando cuento
consciente, las gotas incontables. Triste. Llueve.
Todo se supedita al agua, al  líquido elemento que
atrae de mí el agua que contengo, y mientras
se escapa e intento cogerla, lluevo. Llueve.
Hoy ya no saldrá el sol, ingeniero de luz
para oprimirla, por ello transporta su aguacero
entre mis mil resquicios, y me mojo y me lluevo
y la lluvia incesantemente, llueve.
Daniela Bartolomé
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