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MARQUESINA CLUB SOCIAL

≈MARQUESINA CLUB SOCIAL≈

Ese calor pegajoso y obsesivo, que presagia tormenta de verano se colaba por el cristal lateral izquierdo. El cristal, como una lupa, facilitaba el calentamiento del banco justamente en el sitio que utilizaba Pepa. El resto del espacio, separado por fronteras invisibles, era el ocupado por Evarista y Mercedes respectivamente. A sabiendas del lugar que ocupaba cada quien, lo siguiente en repartirse era el suelo. Debajo del lugar de Pepa, sesteaba Pinito su perra chihuahua, cuyo nombre aludía a la tan famosa trapecista, sin red, Pinito del Oro; se lo puso Genaro por los volatines que daba para coger un trozo de galleta de su mano. En el extremo opuesto un perrazo grande de lanas grises y enormes bigotes, Sherlock y su inseparable (¡Watson, no!), Bos, que dormitaba a pata suelta encima del pie de Mercedes. Así perros y dueñas, dueñas y perros sabían exactamente cual era su lugar en el pequeño espacio de la marquesina, que como en un cuadro del más puro realismo se hacía físico todas las tardes entre las cinco y media y las seis menos diecinueve. Hora esta en la que el sol de espaldas cubría la marquesina de sombra.

BANDO

Se hace saber a todos los vecinos/as propietarios de animales domésticos (perros, gatos…) que la fecha para la vacuna antirrábica será el próximo día 17 del mes corriente en horario de 11.00 a 12.00 horas junto a la iglesia de S. Miguel.

 Leía Evarista con sus gafas sobre la punta de la nariz y advertía, – ya sabéis majas a vacunar a los sacos de pulgas-. Pepa y Mercedes se miraban con resignación a sabiendas de que no eran los canes santos de la devoción de Evarista, ni mucho menos; eso sí, que no rondara el pueblo un nuevo chatarrero, albañil, enterrador o cura, que sus ojos, aún sin las gafas, lo radiografiaban milímetro a milímetro. En otros ámbitos y para referirse a ella la apodaban “la casta”. Con mucha sorna. Evarista mujer entrada en años, ochenta y tres mayos, y en carnes presumía de que a sus “…taitantos” era virgen. Mercedes, cuarentona y Pepa septuagenaria, viudas ambas, cuando surgía este comentario la contestaban casi al unísono y con malicia, – ¡ay, no sabes lo que te pierdes!-

A la mente de Mercedes llegaban imágenes meteóricas y se trasponía, por unos segundos, recordando a su Luis Alfonso y los apuros de la noche de bodas. A la velocidad de la luz todo quedaba conjugado en una sonrisa apenas esbozada en su rostro con cara de lela. Un camión recogía la basura y con claxon chillón y voz aguardentosa les decía el conductor: “señoras esos putos perros”. Pinito y Sherlock como dos camaradas bien compinchados acosaban al camión por los flancos con el peligro de ser atropellados.

“Dita sea, los jodidos chuchos” mascullaba el del camión masticando el Faria entre los dientes. ¡Grosero, bruto! espetaba Pepa levantada de su sillón vitalicio para acto seguido llamar a Pinito y cogerla en brazos. Pepa quería a Pinito como si fuese la reencarnación de su Genaro, y acariciando la cabecita de su chihuahua se ensimismaba en tiempos pasados…cuando su “Gero” como le llamaba cariñosamente y solo en la alcoba, la quería hacer el amor como si fueran trapecistas. El lumbago de aquella vez fue de quitarse el sombrero. Soltando la perra de sus brazos, y aún de pie, se pasaba la mano en jarras por las lumbares, evocando…

Por aquellos días de junio, ya verano, raro era el día que no aparecía algún vendedor de algo o comprador de otro algo. Una furgoneta pequeña y destartalada, de puro vieja, no hacía honor al hombre añoso y cano que la conducía, afeitado, peinado con raya, con la camisa clara remangada hasta los codos y un habla cordial y campechana, Peru el retalero. Paró el motor al lado de la marquesina, saludó a las marías y les enseñó cortinas, manteles, retales, ropa de cama, de hogar, trapos de cocina.

Ellas glamurosas desde sus tronos con dosel, le reían los requiebros, que él sabiamente mezclaba con toda su trapería. Evarista que era buena costurera y caprichosa, como buena solterona, se enamoró de una tela roja a la que miraba y ya veía el vestido que, fantástico, se haría con ella. En esta fascinación mental por el vestido rojo añadió:

“Necesitaría que viniese usted otro día a medir las ventanas para las que quiero esas telas de cortina”. El contestaba simpático y galán – no se preocupe señora Evarista yo vengo cuando usted me diga con cinta métrica y todo-

Pepa y Mercedes a raíz de aquello vieron a menudo la furgoneta del retalero, que hasta entonces venía cada quince o veinte días. Evarista faltó varias tardes a su cita vespertina en la marquesina alegando la costura y el cambio de cortinas de toda la casa, y añadió:

-… además me ayudará a poner los nuevos rieles, dice que es muy “apañao” para eso del bricolaje-

Lo primero que le encargó fue el retal rojo, para ir entre tanto cortando y cosiendo el vestido que se había imaginado. Por la tarde las ventanas abiertas  en casa de Evarista dejaban entreoír la radio y un pedaleo de, máquina de coser, continuo y cadencioso, con pequeñas paradas; y un chirrido de taladro que se mezclaban en doméstica sinfonía. Dejó de oírse una tarde de miércoles y a la hora concertada, Evarista hizo acto de presencia entre Mercedes y Pepa.

-¿qué tal ha ido todo, has terminado de coser y renovar cortinas?-, le preguntaron.

Asintió aclarando que lo más trabajoso era limpiar el polvo que se generaba taladrando, aunque el retalero era bastante cuidadoso. Pero ya se sabe, esas máquinas infernales, ruidosas, ¡amén de prácticas! El viernes Pepa y Mercedes estaban ya sentadas a la sombra de la marquesina, Evarista no llegaba. Ambas se preguntaron qué le habría pasado, extrañadas. En estos interrogantes, apareció, como de la nada, con su fulgurante vestido rojo con escote de pico y cinturón a juego. Radiante, satisfecha, sabedora de la envidia generada, con un placer recóndito que la aseguraba que los “…taitantos” también era buen momento para dejar de ser…, unas sandalias y bolso beiges a juego y un poquito de carmín en los labios.

El reloj de la iglesia daba las seis, y en la cuarta campanada por la esquina de la carretera, asomó la furgoneta destartalada, que aparcó frente al pórtico.

Sonando la sexta campanada llegó hasta ellas Peru y saludó. -Buenas tardes señoras mías ¿qué tal están? Sin esperar respuesta cogió de ambas manos a Evarista dándole un sonoro beso que hizo sus delicias. Pepa y Mercedes con caras perplejas se miraban y le escuchaban decir, -no te quejarás, mi reina, a las seis en punto en el club social- con los ojos fulgurantes de “txiribitak” rojas por el reflejo y la felicidad.

 

Daniela Bartolomé

 

 

 

 

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