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RANCHO VENTA DEL SOL

¿En qué recodo del camino se te perdió esa prestancia Iluminada Galea del Sol? Se preguntaba desde el sillón orejero, tapada con aquella manta de cuadros y la vista fija, perdida en el retrato que presidía, encima de la chimenea, el saloncito privado. La negra melena, salvaje, caía domesticada sobre los hombros, la tez morena, con gesto altivo, vestida con falda-pantalón de cuero casaca sin mangas, espuela en las botas, picha de toro al cinto y sombrero de ala ancha. Una pose familiar y cotidiana. La estampa previa al trajín del trabajo en el rancho compartido gota a gota de sudor, amanecer tras amanecer, con su fiel Azabache; que el joven pintor Rivera, del que fuera mecenas, amante y enemiga, inmortalizó.

“Ese leve siseo, es Dolores, que se viene a tomar un cafetito conmigo, cómo me gusta su compañía y…sus silencios, tras tanto tiempo juntas ellos, me cuentan más cosas que las que habla”. Dolores nunca fue chismosa, ni muy habladora, tenía diecisiete años cuando sobre una pequeña burra, apareció en el rancho Del Sol implorando trabajo. Bernardo Galea preocupado por el mal embarazo que llevaba su esposa, Úrsula del Sol, la contrató como su doncella. El próximo año serían cincuenta y tres los pasados al servicio de la familia.

¡Buenas tardes! “señá” Iluminada aquí le traigo su cafetito – entró diciendo Dolores.

 Dejó la bandeja en la mesa auxiliar y se entretuvo en abrir una ventana y colocar bien unos cojines. Iluminada la miraba hacer y se impacientaba, aunque ni un solo músculo de su cuerpo demostrara desazón alguna. Dolores colocó una servilleta de hilo bordada con iniciales bajo la barbilla de la señora y la limpió suavemente el hilillo transparente que caía por sus labios, la atusó el pelo con sus manos morenas, fuertes, trabajadas, y tras mullir el cojín que servia de apoyo, la sirvió una taza de café negro, denso y humeante, diciendo:

-como le gusta a mi “señá” Iluminada, sin azúcar-

Antes de poder llevar la taza hasta el sillón, escuchó su nombre a gritos en el patio, Javier Oscar, el hijo de Iluminada la requería a voces.

- Ahorita  me regreso, usté no se me mueva -

Un grito mental de impotencia, que no trascendió sus fronteras,  hizo a Iluminada cerrar los ojos y echar de menos su voz.

 

                                                                                         œœœœœœœœ

 

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