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relato corto

EL TREN QUE SE LLEVÓ LA CUNA

EL TREN QUE SE LLEVÓ LA CUNA

 

Del nacimiento de su hermana, recordaba un viaje en tren. Aquél viaje con el padrino, un mes antes del nacimiento, la llevó a la casa de los abuelos. Allí disfrutó de los últimos días de su reinado la pequeña princesa sin corona. Todas las atenciones pendientes de ella, hasta la tía Celestina Gregoria se desvivía por complacerla, a pesar de su nombre de institutriz severa.

Regresó. Otro tren con muchos viajeros dentro,  maletas y bultos, cajas, gente, ella férreamente agarrada a papá, cansada. Descubrió su cuna ocupada y durante muchas tardes se sentó a llorar queriendo volver al tren.

 

                                                                                         Daniela Bartolomé

CONTRABANDO ANIMAL

CONTRABANDO ANIMAL

 

En los arrabales. Alguien que parece viejo, está sentado frente a un ordenador leyendo a un remitente con las iniciales LAB:

“…muestreo encefálico y para ello necesito unos sesos de bóvido (a ser posible muflón, macho, de cuatro años) además la cornamenta  quedaría genial en mi casa de campo. Apáñame una “cacería ” todo sea por invertir en ciencia ¿eh, viejo? Lo demás como siempre.”

Contesta “viejo” con sus uñas enlutadas, mugrosas, que hace años no han pasado por el grifo y que denotan el negocio de usura al que se dedica, -sacar tajada con ellas es sencillo-, haciendo un ruidito asqueroso sobre cada tecla, contesta lacónicamente:

-         hecho – y mira  su reloj de pared.

En el arrabal no hay semáforos. El péndulo del reloj del S. XVIII se balancea en pos de la medianoche.

Daniela Bartolomé

MARQUESINA CLUB SOCIAL

≈MARQUESINA CLUB SOCIAL≈

Ese calor pegajoso y obsesivo, que presagia tormenta de verano se colaba por el cristal lateral izquierdo. El cristal, como una lupa, facilitaba el calentamiento del banco justamente en el sitio que utilizaba Pepa. El resto del espacio, separado por fronteras invisibles, era el ocupado por Evarista y Mercedes respectivamente. A sabiendas del lugar que ocupaba cada quien, lo siguiente en repartirse era el suelo. Debajo del lugar de Pepa, sesteaba Pinito su perra chihuahua, cuyo nombre aludía a la tan famosa trapecista, sin red, Pinito del Oro; se lo puso Genaro por los volatines que daba para coger un trozo de galleta de su mano. En el extremo opuesto un perrazo grande de lanas grises y enormes bigotes, Sherlock y su inseparable (¡Watson, no!), Bos, que dormitaba a pata suelta encima del pie de Mercedes. Así perros y dueñas, dueñas y perros sabían exactamente cual era su lugar en el pequeño espacio de la marquesina, que como en un cuadro del más puro realismo se hacía físico todas las tardes entre las cinco y media y las seis menos diecinueve. Hora esta en la que el sol de espaldas cubría la marquesina de sombra.

BANDO

Se hace saber a todos los vecinos/as propietarios de animales domésticos (perros, gatos…) que la fecha para la vacuna antirrábica será el próximo día 17 del mes corriente en horario de 11.00 a 12.00 horas junto a la iglesia de S. Miguel.

 Leía Evarista con sus gafas sobre la punta de la nariz y advertía, – ya sabéis majas a vacunar a los sacos de pulgas-. Pepa y Mercedes se miraban con resignación a sabiendas de que no eran los canes santos de la devoción de Evarista, ni mucho menos; eso sí, que no rondara el pueblo un nuevo chatarrero, albañil, enterrador o cura, que sus ojos, aún sin las gafas, lo radiografiaban milímetro a milímetro. En otros ámbitos y para referirse a ella la apodaban “la casta”. Con mucha sorna. Evarista mujer entrada en años, ochenta y tres mayos, y en carnes presumía de que a sus “…taitantos” era virgen. Mercedes, cuarentona y Pepa septuagenaria, viudas ambas, cuando surgía este comentario la contestaban casi al unísono y con malicia, – ¡ay, no sabes lo que te pierdes!-

A la mente de Mercedes llegaban imágenes meteóricas y se trasponía, por unos segundos, recordando a su Luis Alfonso y los apuros de la noche de bodas. A la velocidad de la luz todo quedaba conjugado en una sonrisa apenas esbozada en su rostro con cara de lela. Un camión recogía la basura y con claxon chillón y voz aguardentosa les decía el conductor: “señoras esos putos perros”. Pinito y Sherlock como dos camaradas bien compinchados acosaban al camión por los flancos con el peligro de ser atropellados.

“Dita sea, los jodidos chuchos” mascullaba el del camión masticando el Faria entre los dientes. ¡Grosero, bruto! espetaba Pepa levantada de su sillón vitalicio para acto seguido llamar a Pinito y cogerla en brazos. Pepa quería a Pinito como si fuese la reencarnación de su Genaro, y acariciando la cabecita de su chihuahua se ensimismaba en tiempos pasados…cuando su “Gero” como le llamaba cariñosamente y solo en la alcoba, la quería hacer el amor como si fueran trapecistas. El lumbago de aquella vez fue de quitarse el sombrero. Soltando la perra de sus brazos, y aún de pie, se pasaba la mano en jarras por las lumbares, evocando…

Por aquellos días de junio, ya verano, raro era el día que no aparecía algún vendedor de algo o comprador de otro algo. Una furgoneta pequeña y destartalada, de puro vieja, no hacía honor al hombre añoso y cano que la conducía, afeitado, peinado con raya, con la camisa clara remangada hasta los codos y un habla cordial y campechana, Peru el retalero. Paró el motor al lado de la marquesina, saludó a las marías y les enseñó cortinas, manteles, retales, ropa de cama, de hogar, trapos de cocina.

Ellas glamurosas desde sus tronos con dosel, le reían los requiebros, que él sabiamente mezclaba con toda su trapería. Evarista que era buena costurera y caprichosa, como buena solterona, se enamoró de una tela roja a la que miraba y ya veía el vestido que, fantástico, se haría con ella. En esta fascinación mental por el vestido rojo añadió:

“Necesitaría que viniese usted otro día a medir las ventanas para las que quiero esas telas de cortina”. El contestaba simpático y galán – no se preocupe señora Evarista yo vengo cuando usted me diga con cinta métrica y todo-

Pepa y Mercedes a raíz de aquello vieron a menudo la furgoneta del retalero, que hasta entonces venía cada quince o veinte días. Evarista faltó varias tardes a su cita vespertina en la marquesina alegando la costura y el cambio de cortinas de toda la casa, y añadió:

-… además me ayudará a poner los nuevos rieles, dice que es muy “apañao” para eso del bricolaje-

Lo primero que le encargó fue el retal rojo, para ir entre tanto cortando y cosiendo el vestido que se había imaginado. Por la tarde las ventanas abiertas  en casa de Evarista dejaban entreoír la radio y un pedaleo de, máquina de coser, continuo y cadencioso, con pequeñas paradas; y un chirrido de taladro que se mezclaban en doméstica sinfonía. Dejó de oírse una tarde de miércoles y a la hora concertada, Evarista hizo acto de presencia entre Mercedes y Pepa.

-¿qué tal ha ido todo, has terminado de coser y renovar cortinas?-, le preguntaron.

Asintió aclarando que lo más trabajoso era limpiar el polvo que se generaba taladrando, aunque el retalero era bastante cuidadoso. Pero ya se sabe, esas máquinas infernales, ruidosas, ¡amén de prácticas! El viernes Pepa y Mercedes estaban ya sentadas a la sombra de la marquesina, Evarista no llegaba. Ambas se preguntaron qué le habría pasado, extrañadas. En estos interrogantes, apareció, como de la nada, con su fulgurante vestido rojo con escote de pico y cinturón a juego. Radiante, satisfecha, sabedora de la envidia generada, con un placer recóndito que la aseguraba que los “…taitantos” también era buen momento para dejar de ser…, unas sandalias y bolso beiges a juego y un poquito de carmín en los labios.

El reloj de la iglesia daba las seis, y en la cuarta campanada por la esquina de la carretera, asomó la furgoneta destartalada, que aparcó frente al pórtico.

Sonando la sexta campanada llegó hasta ellas Peru y saludó. -Buenas tardes señoras mías ¿qué tal están? Sin esperar respuesta cogió de ambas manos a Evarista dándole un sonoro beso que hizo sus delicias. Pepa y Mercedes con caras perplejas se miraban y le escuchaban decir, -no te quejarás, mi reina, a las seis en punto en el club social- con los ojos fulgurantes de “txiribitak” rojas por el reflejo y la felicidad.

 

Daniela Bartolomé

 

 

 

 

RANCHO VENTA DEL SOL

¿En qué recodo del camino se te perdió esa prestancia Iluminada Galea del Sol? Se preguntaba desde el sillón orejero, tapada con aquella manta de cuadros y la vista fija, perdida en el retrato que presidía, encima de la chimenea, el saloncito privado. La negra melena, salvaje, caía domesticada sobre los hombros, la tez morena, con gesto altivo, vestida con falda-pantalón de cuero casaca sin mangas, espuela en las botas, picha de toro al cinto y sombrero de ala ancha. Una pose familiar y cotidiana. La estampa previa al trajín del trabajo en el rancho compartido gota a gota de sudor, amanecer tras amanecer, con su fiel Azabache; que el joven pintor Rivera, del que fuera mecenas, amante y enemiga, inmortalizó.

“Ese leve siseo, es Dolores, que se viene a tomar un cafetito conmigo, cómo me gusta su compañía y…sus silencios, tras tanto tiempo juntas ellos, me cuentan más cosas que las que habla”. Dolores nunca fue chismosa, ni muy habladora, tenía diecisiete años cuando sobre una pequeña burra, apareció en el rancho Del Sol implorando trabajo. Bernardo Galea preocupado por el mal embarazo que llevaba su esposa, Úrsula del Sol, la contrató como su doncella. El próximo año serían cincuenta y tres los pasados al servicio de la familia.

¡Buenas tardes! “señá” Iluminada aquí le traigo su cafetito – entró diciendo Dolores.

 Dejó la bandeja en la mesa auxiliar y se entretuvo en abrir una ventana y colocar bien unos cojines. Iluminada la miraba hacer y se impacientaba, aunque ni un solo músculo de su cuerpo demostrara desazón alguna. Dolores colocó una servilleta de hilo bordada con iniciales bajo la barbilla de la señora y la limpió suavemente el hilillo transparente que caía por sus labios, la atusó el pelo con sus manos morenas, fuertes, trabajadas, y tras mullir el cojín que servia de apoyo, la sirvió una taza de café negro, denso y humeante, diciendo:

-como le gusta a mi “señá” Iluminada, sin azúcar-

Antes de poder llevar la taza hasta el sillón, escuchó su nombre a gritos en el patio, Javier Oscar, el hijo de Iluminada la requería a voces.

- Ahorita  me regreso, usté no se me mueva -

Un grito mental de impotencia, que no trascendió sus fronteras,  hizo a Iluminada cerrar los ojos y echar de menos su voz.

 

                                                                                         œœœœœœœœ

 

CALCETINES CON DEDOS Y CHOCOLATE PICANTE.

 

 

 

“Voy a subir un punto la calefacción, para nada quiero que se sienta frío en casa. Aún falta media hora, pondré el agua a hervir y prepararé la bandeja con la tetera y los vasos. Me pondré cómoda. El chándal verde y los calcetines de dedos, que son bien calentitos.”

Me entretuve mirando las rayas de colores de mis calcetines de dedos, roja, verde, gris con brillantina, un dedo azul, otro lila, otro naranja. Estaba nerviosa por la cita que, si era puntual aparecería a las cuatro, y aquel arco iris en mis pies me hipnotizó por unos segundos, colorista, y me evadió de ese nerviosismo.

La semana anterior me regaló la caja y un día entre semana estuvimos tomando algo y charlando. Me habló de él: sus gustos, la escritura, sus poemas, está enamorado de los Pirineos, de cuando  niño, cuando adolescente…

¿Qué quiso decirme en aquel despliegue de confesiones? o ¿solo fue un fino trabajo de narcisismo? Yo en mi papel de aprendiz de bruja, le regalé un trozo de estalactita, envuelta toscamente en un pañuelo de papel.

Somos dos cabras de enero, de días consecutivos, nos gustan las piedras, más con forma de montaña, hay una palabra importante en nuestras vidas (sobre todo en la suya), control. Nuestras madres, desconocidas entre ellas, nos “amparan” a ambos.

Me regaló parte de su alma en una caja y…son mi debilidad, además de un lugar donde se pueden esconder pedacitos de uno, en conserva.

El chocolate nos gusta, hasta lo pecaminoso.

Las cuatro. Un timbre. No me da tiempo a enviar el ascensor privativo. Está en la puerta y le invito a entrar.

-¡Ven, sígueme! la sala al fondo del pasillo.-

-¡Qué cómodo el sofá!- dijo.

-¿Un té con canela?- Respuesta afirmativa, el aroma a canela llena la estancia.

Degustamos el té sorbito a sorbito.

Aparece una caja negra con ocho trufas de diferentes sabores, dos a dos.

Las recubiertas con un imperceptible polvillo rojizo son picantes. ¡Qué explosión! Las tomamos de la boca del otro. Lamidas. Exquisitez digna de… ¿diosas?

Las cuatro y veintidós segundos, ¿otro timbre? entreabro los ojos con dificultad y apago la alarma vocinglera que me retrotrae a algo gustoso. Un hilillo de baba me ha surcado el carrillo, que me limpio para el nuevo turno.

 

Daniela Bartolomé

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